Los días con ella emanaban un olor sutil a azucenas; un olor que se esparcía
desde su cabello hasta las cavidades de mi fosa nasal. Un olor que derramaban
sus manos, aquéllas que parecían árboles.

Allí estaba yo, disfrutando de ese aroma que convertía las rosas blancas en
ornamentos para funerales. Así pasaba yo mis días al lado de ella inhalando,
inhalando… Para sorpresa mía ese bálsamo quedó impregnado, arraigado en mi arteria
coronaria.

Allí está, aferrado a mis paredes, a mi pericardio, intentando asfixiarme. Si me preguntan, ¿Cómo sabes que está ahí? Simplemente diré que lo sé, porque todos los días me levanto empapado en azucenas y desoladamente, sin ella.

Eliana Andrea Jaramillo Giraldo.