Por: Qike Moreno | Museo de Arte, Universidad del Magdalena

Tan complejo en su concepto el paisaje surge de modo que retoza inquieto y ambivalente por su configuración en definición según las nociones de estudios que se vea aprovechado, aunque todos los usos de tal término conllevan implícitamente la existencia de un sujeto observador (la persona que visualiza u observa) y de un objeto observado (la superficie), justo se debe destacar fundamentalmente son sus cualidades visuales y espaciales.

El paisaje acoge según su punto de vista esa cualidad de lo geográfico, tradicional, moderno, literario, temporal, cultural o lo artístico, no es más que producto de esa interacción de cada uno de los diferentes factores presentes en ella y que disponen un reflejo visual en el espacio. Dicho esto, se atiende el concepto de industrialización, y es imposible no transportarnos al inicio de la Revolución Industrial donde se supuso la transformación del tradicional equilibrio entre naturaleza y civilización.

Los pueblos y culturas insertados en el agro, como actividad, o junto a ríos y puertos cambian aquel entorno natural, visualizado espacialmente de modo horizontal, por una presencia violenta de moles verticales de enorme tamaño, llámese: fábricas, chimeneas o depósitos, configurando una fisonomía del paisaje única, repetitiva y radicalmente distinta a lo “natural”. Convierte unos parajes que fueron, en general, románticos y hoy son imperativos en el espacio: conjuntos fabriles, panoramas tecnológicos, lugares mercantiles y ámbitos humanos, surgiendo entonces ese paisaje industrial reflejo de la actividad industrial en el territorio, un espacio transformado en un paisaje artificial.

Con el trabajo pictórico del artista cataquero Carlos Suárez se puede no sólo percibir la evolución de esa realidad industrializada sino los diferentes medios que confluyen en su dinámica comunicacional (la publicidad) y testimonial (los objetos) a los tiempos para solventar a una concurrida avanzada civilización industrial que ha generado la existen cia de un importantísimo y amplísimo patrimonio del mundo laboral para su sostenibilidad. De tal sensibilidad se halla implícita pero contundente una crítica por parte de Suárez hacia esa sociedad consumista, devoradora y enferma de experiencias superfluas o promesas para satisfacer necesidades tan primitivas pero que hoy las convierte en elementos de jerarquización y de poder.

Esa industrialización del paisaje que plantea Carlos Suárez que si se hace una evaluación plástica de la obra supondría una composición informal integrada por la multitud y presencia de elementos poseídos de una humildad insignificante e incluso simplista a primera vista de esos tipos de naturalezas o paisajes que se presentan en nuestro entorno cotidianamente, ha otorgado tanta vitalidad, fuerza y contenido que bien podría decirse que la industria ha sido la fábrica del paisaje.

Al ir recorriendo esos escenarios simbólicos se descubre un recital compuesto por piezas mecánicas, geometrías complejas de chatarra con elementos emergentes, recortes de revistas que propagan los ideales que escapan y frustran a las personas de ese voraz consumismo, cuerpos contundentes con formas de bikini rosas, la idealización de la belleza complementada con líneas livianas, atmosferas singulares de un consumismo desordenado que genera caos; todo ello se convierte en una dramaturgia gráfica de lo que es el teatro de la vida y donde la obra se apropia cada vez más la tragicomedia de la vida humana, con episodios llenos de mutación, productos transgénicos, consumismo desbordado, una ecología que se ve afectada por el consumo, un final que devela a una sociedad desbordada muy contrario a la historia del artista apropiada en sus más de 38 años artísticos bajo una filosofía llena de espiritualidad, comprometido y prevenido desde el arte.

La industrialización del paisaje propuesta por Carlos Suárez no sólo supuso transformaciones desde conceptos casi que puros como el color, planteando un disposición de los mismos hacia lo sociológico, antropológico, psicológico y científico sino más o menos decisivas sobre el paisaje tradicional, a una nueva forma de percibirlo, inspirada en una idea de progreso innovador, decidido y transformador. Donde en una época contemporánea, la industrialización viene a proponer uno de los más característicos procesos configuradores del paisaje, ya que transformó sustancialmente el territorio para amparar las estructuras necesarias de los nuevos sistemas productivos.

Pocas son las obras que pueden embellecer y a la vez bofetearnos de una realidad y es la de Carlos Suárez que invita hacia esa dinámica, ese ruido y el funcionalismo de una industrialización transformadora de silencio, estática y estética; es entonces una nueva forma de visualizar y percibir una reconsideración artística de la cultura y el paisaje industrial.