Cuando el umbral del dolor llega a la escala de 10 y simplemente no puedes soportar el peso de la existencia, lo único que se desea con ganas, (porque ni la razón es participe), es desaparecer, o desaparecer todo lo que causa que lleguemos a esa sorpresiva rendición de la realidad, donde el olvido es el principal redentor para escapar. Pero, ¿escapar de qué realmente? Como es común, damos la espalda a lo que no queremos sentir, dejándolo de lado, enceguecidos, sin reconocer que queremos dejar esto atrás y sin saber que en algún momento, volverá. Volverá con ganas de hacernos sentir detestables y con ganas de detestar. Entonces es ahí cuando vemos que el olvido, en el contexto del amor no existe y que sólo se transforma. Es ese mismo olvido que tanto buscamos con desesperación, el cual permanece siempre latente en el imaginario de una vida perfecta y en la torpe realidad que nos acoge en brazos para darnos las mismas lecciones que nos daban nuestros amantes, que sin darnos cuenta nos castigan sin cesar, pues en ese mismo instante, se está olvidando que simplemente la evasión no es una opción, o al menos, no debería serlo. En este caso, les hablo del dolor que causa el deceso del amor, la degradación de este y la imparcial y momentánea lucha por hacer un salto en el tiempo, para así vivir sin recuerdos de este anterior suceso, aislando el dolor y proyectándolo en otro amor, que sin pensar vuelve a ser un Déjà vu de un recuerdo ya existente, que por más esfuerzos que hagamos están impacientes de salir a la luz en algún nuevo momento de nuestras vidas. Entonces, es ahí cuando aterrizamos y al caer no salimos ilesos, ya no somos los dueños del pensamiento, nos volvemos ajenos a la decisión del olvido, y éste iza la bandera, la iza con tanto orgullo que nos hace ver pequeños, observamos como esa bandera es meneada por el viento, un viento que finalmente la arranca, hace que se eleve y entonces es cuando perdemos la guerra y damos por sentado que los recuerdos nos pertenecen y por tanto y tanto, los recuerdos que habitan bajo nuestra piel, bajo el humo que es expulsado de nuestros pulmones o el trago de ron que ingerimos una noche de desvelo, así como las lágrimas que dibujan un trazo en las mejillas, dividiendo todo lo que fue, es y seguirá siendo en un tiempo definido o indefinido ratificándonos que no podemos escondernos bajo el manto de la memoria y mucho menos huir de ella y que siempre nuestro cuerpo, nuestro aliento, el aroma de un lugar o algunos objetos encontrados bajo la cama, estarán henchidos de todo lo que en algún momento quisimos desintegrar y volverá a ser, volverá a golpear con fuerza y es entonces cuando nos golpea un pensamiento que podría acomodarse muy bien en esta célebre frase de Nietzsche “Benditos sean los olvidadizos pues superan, incluso, sus propios errores”. Y nos sentimos desdichados por no poder una mente tan limitada y a la vez nadamos en el gozo de no poder olvidar y así somos, incongruentes.

De esta forma, Michel Gondry nos muestra una distinta perspectiva en su película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, sobre la nostalgia en la búsqueda de arrancar al ser amado y cómo se convierte en desastre al intentar lograrlo, una película para los amantes de películas de culto, romance y drama, llena de mil emociones que se acercan a la realidad del amor sin filtros.