El Yucal ,  una de las  últimas  tiendas mixtas de Medellín y con más de 80 años de historia es  el refugio  de Don Alfonso Naranjo que se ubicaba detrás de su mostrador color caoba , el mismo lugar donde hace 40 años  atendía a amigos y extraños. De aquellos años solo quedan unas estanterías repletas de pasado: botellas, cajetillas, calcomanías de una Medellín que ya casi no existe y que encuentra allí, en esta tienda que cada vez es menos tienda, un hogar para sobrevivir.

 

Aquí el pasado y el futuro pasean a su antojo. Ochenta años existiendo en esta esquina de Belén Granada hacen de Él Yucal una de las tiendas más antiguas de Medellín y un repositorio de sonrisas. Esas que revisten las paredes de la tienda de don Alfonso en decenas de fotografías. Él se desliza entre ellas recitando cumpleaños, ayeres que ya fueron y una que otra anécdota de los que ya solo viven en ellas.

“Hace más de 40 años que estamos acá, pero la tienda tiene por lo menos otros 40 más en manos de otros”, dice, mientras abre una media de aguardiente antioqueño. Viste una camisa azul clara que hace tono con su piel y su pelo, tan blanco como encontrar una nube en día soleado. Habla duro, como tal vez está destinado a hablar uno de los últimos dueños de una tienda mixta en la ciudad y el séptimo de 14 hijos.

 

“Mi padre era un finquero pobre. Tuvo 14 hijos y todos ellos estudiaron, menos yo”, apunta mientras pide que le traigan el último libro al que está enganchado. “Soñamos que vendrían por el mar’, el relato que hace el escritor Juan Diego Gómez de la juventud de los años 70 en Colombia. “En la mía yo era muy andariego. Yo he visitado 700 municipios, lo que tal vez muchos alcaldes no han viajado”.

“Cuando me casé, mi mujer me amarró”, reconoce en la mesa en la que se sentaba con ella. “Estuvimos juntos más de 40 años, siendo tan felices como pueden ser dos personas”. Murió hace poco más de un año, dejando vacía la silla en la esquina de El Yucal en la que escuchó los boleros románticos que don

Alfonso le predicaba casi todos los días. “Ella cambiaba el ambiente de este lugar”, reconoce el hijo menor del matrimonio, Juan David. A El Yucal llegaron sin muchas pretensiones de durar en el tiempo. Compró la tienda junto a un socio que después le vendió su parte. “Era de esos que solo les gusta ver trabajar”, tira la puya con una mueca mientras se levanta a decir, por cuarta vez, que por esta tarde no hay chorizos.