Por: Kelly Johanna Arias Delgado, psicóloga.

La resolución de conflictos es una de las maneras en que se puede abordar y resolver un problema, lo cual se puede entender como la posibilidad de provocar o aprender habilidades y capacidades que están o pueden estar presentes en las personas implicadas y que, en ocasiones, son olvidadas o dejadas de lado en medio del conflicto. Existen varios elementos en juego, como: poder, necesidades, valores, intereses, capacidad de coacción, creencias centrales, objetivos deseados, percepción, comunicación, interpretación, expresión y comportamiento.

Los conflictos son inherentes a la vida en sociedad y han sido una constante en la historia de la humanidad. En ocasiones estos han funcionado para hacer cambios en provecho de las personas, sin embargo, también han desencadenado violencia. El enfrentamiento humano no implica intrínsecamente violencia, es la manera en que se maneja lo que define su presencia y por esta razón es importante saber cómo manejarlo. Antes de revisar los pasos para abordar un conflicto es indispensable entender de qué se trata.

Esta es una situación que significa crisis y oportunidad, es un hecho natural, estructural, es decir, está mediado por relaciones de poder. Cotidianamente vemos implicados en esta situación de conflicto a parejas, familiares, amigos o compañeros de trabajo. El primer paso es tomar consciencia de ciertos elementos como las necesidades, intereses, creencias centrales, percepción, comunicación, interpretación y comportamiento.

Esto se logra a través de los siguientes cuestionamientos y partiendo de lo que interpreto: ¿cómo estoy comunicando lo que pienso y siento del conflicto? ¿Cómo es mi comportamiento? ¿Soy apropiado y pacífico? ¿Qué es lo que deseo lograr? ¿Es contradictorio mi comportamiento, comunicación, y objetivos deseados frente al inconveniente que enfrento? Plantearse este tipo de preguntas significa realizar una reflexión sobre la coherencia de la reacción que se tiene, esto conduce a detenerse a revisar como lidiamos con esta problemática y a mejorar en este proceso de autoevaluación.

La movilización es el segundo paso. Este consiste en empezar a actuar y reaccionar pacíficamente frente al conflicto, lo cual se logra gracias al ejercicio anterior; la coherencia entre el pensamiento, la palabra y la acción es fundamental para la resolución de cualquier problemática. Finalmente, se prosigue con la transformación o trascendencia, que significa salir de los límites estrechos del conflicto y mirar más alto, en donde las partes implicadas se encuentran en un mismo punto, una meta en común.

Y para lograr converger en este punto de compromiso se requiere de una experiencia pedagógica, de empoderamiento, de concientización y de creación. El conflicto es oportunidad o crisis, y en este caso es oportunidad, una que se encuentra cimentada en la esperanza, porque esta se ubica en lo positivo, en un futuro constructivo.

Cabe destacar que seguir estos pasos, autoevaluarse siendo reflexivos y ser coherentes con la reacción, no es suficiente; esta valiosa lección sobre cómo manejar los conflictos en ocasiones cuesta toda una vida aprenderla, es por esto que se invita a ir un paso más allá de tan sólo aprender, sino también de ubicarse en el rol de enseñar y compartir a las personas desde temprana edad sobre cómo resolver conflictos, siendo una manera de aportar desde el crecimiento individual y desde las interacciones sociales sobre las diferentes formas de convivir en paz. Como alguna vez expresó Nelson Mandela: “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.