Una leyenda de la Vereda La Primavera de El Peñol

Por: José Nevardo García Giraldo

Coordinador Museo Histórico de El Peñol

Durante las investigaciones de la recuperación de la memoria cultural de El Peñol, obtuvimos el siguiente relato de Olga Rocío Ruíz Alzate, habitante de la vereda La Primavera:

Los más antiguos moradores de estas tierras vienen contando a las nuevas generaciones la siguiente leyenda que hoy hace parte de nuestra tradición oral: Francisco era un joven de pantalón bien puesto y listo para todo, como los meros machos. En una de esas noches oscuras y preferiblemente frías, en las que los fantasmas deciden hacer de las suyas, este personaje se enfrentó a una bruja.

Este joven venía en su caballo y en un sitio donde la gente del común veía luces, apariciones y se escuchaban lamentos, se encontró a una joven sentada que estaba llorando. Este se bajó del animal y le preguntó qué le sucedía.

Mientras tanto, el caballo se manifestaba nervioso y relinchando salió corriendo, por lo cual Francisco no se preocupó y más bien insistió con la joven. De repente, ella lo miro fijamente por lo que se impactó de su belleza. Luego de un suspiro le dijo que era que había perdido una joya en ese lugar y que si no la encontraba tendría problemas con sus padres.

Ella vestía un traje negro y una capa cubría su cabeza. Y Francisco, como todo un caballero, se ofreció a ayudarle a buscar la joya. En su búsqueda éste le preguntó por qué estaba allí a esas horas de la noche, ante lo cual ella replicó que no podía irse hasta no encontrar la joya. Francisco creyó en esta explicación, pero no entendía lo que en verdad sucedía.

Después de un rato él le preguntó dónde vivía ante lo cual ella no dio respuesta, sino que simplemente lo miraba. Francisco prefirió guardar silencio y cuando empezó a recordar detalles de las historias de este sitio le sugirió que se marcharía y más bien esperaría la luz del día.

Ella con cínica sonrisa le replicó que se quedara ya que esa noche necesitaba de su compañía. Fue en ese momento cuando aquel decidió marcharse y sintió un frío que congelaba su cuerpo. Tenía temor y comenzó a descender de la montaña para recobrar el camino a casa; pero en vez de bajar subía y el camino se le confundía con la niebla.

Al desviar su mirada atrás pudo ver la linda joven convertida en una horrenda mujer con ojos centelleantes, acompañada de unas aves negras y sus pies ya altos del piso tratando de volar. Hacía un frio penetrante y fue cuando Francisco

tomó su machete y la amenazó en infructuosos desafíos porque de repente desaparecía y se tornaba cada vez más horrible y en vez de alejarse se le acercaba.

En su desespero por esta tortura, le pidió una explicación y ella en duras carcajadas le dijo que quería su alma porque era lo único que podía alimentarla. Esto fue lo que más lo horrorizó y lo animó a tomar mayor velocidad para extraviar el camino y llegar hasta su casa. Cuando sus fuerzas ya no daban más, optó por tomar de su pecho un crucifijo y lo puso delante de ella, ante lo cual retrocedió en medio de chillidos. Al ver esta reacción, más la amenazó y así desapareció en medio de una nube blanca.

Francisco cayó al suelo dormido empuñando el crucifijo. Cuando despertó tenía su mano cortada. Cuando se levantó corrió a su casa aterrado de semejante experiencia y se la comentó a sus hijos.

Como este joven, varios arrieros tuvieron experiencias similares. Los abuelos le atribuyeron este espanto a una hechicera que los indígenas tuvieron que quemar para poner fin a sus maldades, pero no pudieron quemar su espíritu, el mismo que sigue por el Alto de las Piedras en La Primavera, asustando a quienes le den oportunidad.