Esa fue la pregunta con la que Sandra, una de mis mejores amigas, dejó entrever la intención de proponernos, oficialmente, la idea de tatuarnos las siete, como símbolo eterno de una amistad que, para ese año, ya llevaba algo más de 12 años. 

En mayo del 2016 empezamos con la idea de hacernos un tatuaje, y con semejante decisión por delante, claramente fueron muchas las variables y discordias que surgieron en el camino: que si un árbol, que si una ramita de una espiga, que un zorro, que a color, que mejor solo tinta negra, que todas en la misma parte, que cada una donde quiera, que todos sean idénticos, que cada una le pusiera los distintivos que quisiera, que todas fuéramos juntas, que cada una el día que pudiera, entre otras muchas discordias. 

Finalmente, y tras la odisea de poner de acuerdo a seis mujeres (porque una decidió firmemente no participar), acordamos que fuera un árbol y con las iniciales de cada una en orden alfabético en sus raíces, que cada una lo personalizara como quisiera, pero que la esencia se conservara como lo que es hoy: nuestra marca en la piel de una relación de amistad que ha pasado por mil batallas, pero que hasta hoy, ha ganado la guerra y la seguirá ganando.