Por amor a Rocky

Desde pequeña siempre he sentido un amor incomparable por los animales. Todos. Sin excepción. No los consumo desde hace más de la mitad de mi vida porque para mí todos son importantes. Son seres mágicos y muy pocos los saben apreciar.

Sin embargo, mi primer perro fue mi primer amor. Cuando era pequeña mi papá tenía un pero poco logro recordar. Yo tenía como 3 o 4 años cuando lo raptaron.

Cuando estaba en el colegio, en décimo, me “robé” a Rocky de una casa donde era maltratado, recuerdo que el vigilante del barrio me contó su historia y eso me conmovió a seducirlo paulatinamente para que se sintiera feliz en mi casa.

Primero, iba todas las noches a dormir y cuando amanecía se desesperaba por salir y perderse todo el día. Luego se fue quedando a comer, luego cerca a mi casa, hasta que finalmente quiso formar parte de la familia y cuando amanecía sólo quería seguir tapado en las cobijas y seguir en ese sueño plácido que en mi casa le regalábamos.

Rocky ya tenía ese nombre, así que ya él lo sabía. La verdad era completamente opuesto a lo que él representaba: un perro dulce, pacífico, amoroso y de tamaño mediano, temeroso de los perros agresivos y que además tenía una nariz respingada que lo hacía parecer un marranito y vivíamos derretidas en casa por ese rasgo tan característico.

Siempre que mis papás daban la vuelta, Rocky ya estaba en mi cama o la de mi hermana debajo de nuestras cobijas. Era lo que más le gustaba, además de ladrar de camino a la finca para que lo dejáramos trotar una cuadra hasta llegar a ella.

Me hace feliz ver cómo Rocky transformó el sentimiento de mi mamá hacia los animales. En estos 17 años pasó de enojarse cuando se lo acercaba a ella; a cargarlo y sacarlo todos los días a dar su vuelta matutina. Interrumpía sus obligaciones laborales para darle tiempo de calidad. Y eso me fascinaba porque al mismo tiempo ella también lo tenía. Se alejaba del estrés, los malos ambientes en el trabajo y se dispersaba un poco.

Rocky es el amor de nuestras vidas y siempre será así. El 21 de julio de 2026, justamente el día Mundial del Perro, su corazón se pausó para siempre porque lo dejamos ir con dignidad. La vejez ya no podía acompañarlo más ni todo lo que ella conlleva.

Rocky dejó un dolor tan fuerte que la casa que conocí cambió para siempre. Los espacios de la casa ya son diferentes, donde estaba su bebedero se ve grande y sin granitos regados por el piso. La casa está triste y nosotros también.

Sin embargo, mi perro fue lo mejor que nos pasó a todos. Él regalaba felicidad a quien lo acariciara. Rocky era magia pura y mi corazón siempre estará esperando el día en que nos volvamos a encontrar.

Rocky, te amaré siempre, tanto, como los caracoles aman las noches.