La producción del pan comenzó hace más de 14.000 años con los cazadores recolectores que trituraban granos silvestres, mezclaban la harina resultante con agua y cocían la pasta plana sobre piedras calientes, un proceso rudimentario que se transformó radicalmente en el Neolítico con el inicio de la agricultura y, más tarde, con el descubrimiento accidental de la fermentación en el antiguo Egipto.
Posteriormente, el cultivo sistemático de trigo y cebada permitió a las comunidades asentarse de forma permanente; se perfeccionó la molienda con morteros y piedras más eficientes para tratar los cereales y en Egipto, una mezcla de masa descuidada al aire libre fermentó por acción de las levaduras ambientales, la masa creció y dio como resultado un pan más ligero, suave y de mejor digestión y luego se crearon hornos de adobe y se formalizó el uso de la levadura. Se dice que el pan, el aceite y el vino, quizás fueron los primeros alimentos procesados en la historia de la humanidad.
Los cereales, por sí solos, no pueden ser digeridos adecuadamente por el aparato digestivo humano y por esa razón los cereales son artificialmente procesados y solo a partir de este momento empezaron a convertirse en alimentos básicos para el ser humano, aportando carbohidratos, los cuales se complementarían con las proteínas procedentes de legumbres y carnes.
Es tan importante este alimento, que cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial del Pan, una fecha creada por la Federación Internacional de Panaderos para rendir homenaje a uno de los alimentos más antiguos, tradicionales e importantes de la historia humana, además de que se une al Día Mundial de la Alimentación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, para destacar su valor en la nutrición global.





