Por Claudia Laura Baumgartner Ontiñano.

 

El arte como el vino estimula nuestros sentidos y nuestros deseos. Al igual que el arte, el vino es emoción, por ende, hace eco a esta sensibilidad artística que resulta de su creación y que encontramos también en las obras de arte. Como decía Paul Claudel: el vino es el profesor del gusto, el liberador del espíritu y el iluminador de la inteligencia. El artista es meticuloso, observa, analiza sigue su instinto para producir la obra que representa y que será única.

 

Del mismo modo que el pintor dibuja su obra, los viticultores cultivan sus viñas. Se puede afirmar que no existen dos vinos iguales, de la misma forma que no hay dos obras idénticas, obviamente, podrán existir ciertas similitudes. El vino y el arte siempre han tenido una historia estrechamente relacionada, se conectan y se complementan a la vez. Desde sus orígenes más remotos, hace más de 6000 años antes de Cristo, el vino siempre ha ocupado un lugar importante en las civilizaciones, tanto europeas como mediterráneas, en donde ha legado un rico patrimonio cultural que supera, de mucho, las artes y las tradiciones populares.

 

Compañero de los artistas y las musas, el vino está en la encrucijada de todas las artes, sea en las artes plásticas, las artes decorativas, la literatura o la música, entre otras. En todos los casos, el vino es un testigo irremplazable de la historia social y cultural de muchos países occidentales, donde se convirtió en un objeto cultural de mayor importancia.

 

En Colombia, apenas le están apostando a la vitivinicultura, sin embargo, la relación de los artistas nacionales con el vino (extranjero), ya se ha visto plasmada en muchas obras plásticas del país, como lo podemos observar en este cuadro de nuestro reconocido Fernando Botero, Mujeres bebiendo (2006).

 

Los primeros pueblos nómadas producían vino a partir de uvas silvestres, pero son los mesopotámicos y egipcios sedentarizados quienes empezarán el cultivo de la vid, para el consumo de la élite. En efecto, es en Egipto donde encontramos las primeras representaciones pictóricas que hacen referencia al vino. Con los frescos de la tumba tebana del noble Najt en el templo de Luxor, entendemos la importancia de la viticultura para los antiguos faraones.

 

Ya en la antigua Persia, se conocía el vino por sus propiedades desinhibidoras y facilitadoras de actividades de intercambio. Se utilizaba para establecer relaciones sólidas entre reinos, ya que, como lo dice el Talmud judío: el vino entra, el secreto sale. En el bajorrelieve persa de la escalera este de la Apadana de Persépolis, (la capital ceremonial del Imperio aqueménida de 550 a.c. hasta 330 a.c., actual Irán) está representado afluentes armenios que llevan el vino al rey Darío I el Grande.